lunes, 22 de septiembre de 2014

La última noche en Tremore Beach

SINOPSIS
Un compositor que ha perdido la inspiración. Una casa aislada en una playa irlandesa. Una noche de tormenta que puede cambiarlo todo. Peter Harper es un prestigioso compositor de bandas sonoras que, tras un traumático divorcio, se refugia en un rincón perdido de la costa de Irlanda para recuperar la inspiración. La casa de Tremore Beach, aislada en una enorme y solitaria playa, parece el lugar indicado para lograrlo. Todo parece perfecto... hasta que llega la noche de la gran tormenta.

OPINION PERSONAL
Mikel Santiago se nos presenta con su ópera prima, en lo que pretende ser una historia de terror, o al menos así lo parecía en principio. De entrada, la escena que nos empieza a conformar tiene bastantes tintes costumbristas. El típico artista, en este caso pianista, que tras una experiencia traumática en su vida, un divorcio, en plena crisis personal y artística, decide recluirse en un pueblo perdido de la costa irlandesa, para recuperar su propio yo y la inspiración que parece haberle abandonado, y en este momento, salvando las distancias por supuesto, me viene a la mente mi primera novela, El coleccionista de soledades.
La escena en principio suena atractiva, intimista, de las que pueden dejar posos de buena literatura adornando una buena historia.
Dos peros sin embargo a este comienzo; por un lado la forma de situarnos en ese escenario suena demasiado yanqui, por momentos, más que transcurrir en un pueblo irlandés, parecería que podríamos estar sin ningún problema en la costa de Maine, creo que la influencia de Stephen King se pone claramente de manifiesto.
Por otro lado, en la construcción de los diálogos, utiliza por momentos, un lenguaje demasiado de la calle, un tanto “vulgar”. Imagino que con esto pretende dotar a sus personajes de modernidad y realismo, y a sus diálogos de frescura, y no es que me parezca mal, es posible que para que una obra y unos personajes resulten creíbles, deban expresarse tal como lo haría cualquiera a pie de calle, y no como si estuvieran declamando encima de un escenario alguna obra de Shakespeare, pero mi miedo es que ese intento de convertir esos diálogos en algo normal y cotidiano, acaben deteriorando en exceso la calidad narrativa, y por tanto literaria, de la obra. ¿Dónde estaría el equilibrio perfecto? Quiero decir con esto, que para escuchar algunas expresiones basta con salir a la calle y las escuchamos a diario, pero cuando abro un libro espero algo más, algo que dignifique el noble arte de escribir.
El ritmo narrativo con el que comienza la obra es ágil, fluido, y consigue envolvernos en la atmósfera que prácticamente desde el principio empieza a respirar la trama y que acertadamente el autor ha sabido recrear, al menos en su inicio.
Conforme se empieza a avanzar en la narración y empiezan a ocurrir “cosas”, el interés aumenta y el lector empieza a verse atrapado en la tela de araña que el autor va tejiendo a su alrededor, aunque nuevamente vuelve a sobrar por ahí alguna recreación escatológica que, al menos en mi opinión, se podría haber ahorrado.
Llega un momento sin embargo, en que la historia abandona un poco ese aire de misterio-terror y empieza a acercarse más a una novela negra o un thriller al más típico estilo norteamericano. El autor logra mantener la ambientación pero el desenlace encajaría perfectamente en estos últimos géneros, por lo que al menos a mí personalmente (luego cada uno tiene sus gustos literarios) me ha terminado dejando un sabor bastante agridulce. En definitiva, creo que se trata de una lectura bastante aceptable, pero que no ha terminado respondiendo al cien por cien a las expectativas que me había hecho en torno a ella.

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