lunes, 19 de enero de 2009

Lluvia en soledad


Hoy dejaré que el viento se lleve mis letras, que las arrastre desordenadas, ante la incertidumbre de un tiempo que se escapa entre mis dedos, hasta acabar deshaciéndose en trocitos de nada. Dejaré que la lluvia de mis ojos desdibuje el infinito de tus versos, ríos de tinta buscando la mar, que calma los espera para mecerlos como pétalos suicidas. Fue cuando murieron las estrellas que me di cuenta que la luna me había abandonado mientras danzaba sobre los vértices de la locura.

Hoy que la tristeza campa a sus anchas por los campos yermos de mis esperanzas, la transgresión de las horas, arañando las paredes de la consciencia, con las uñas llenas de cal y la garganta vacía de gritos, me devuelve la certeza de un atardecer teñido de añil melancolía. Esta noche que me encuentro más frágil que nunca, mis ojos destilan una gota de vacío que se pierde, como lágrimas en la lluvia buscando la profundidad de tu mirada.

Pesa sobre mí la vulnerable tristeza de un momento perdido, y mientras mi ánimo desciende hasta los sótanos de un dolor escondido entre las sombras, el murmullo de tu voz se apaga en un adiós no pronunciado. Somos como almas perdidas en la penumbra de la desolación, mientras la noche en forma de ausencia cae repentinamente sobre nosotros. No quiero almacenar lejanías de las que arrepentirme, quisiera retener nuestra historia en la medialuna de una sonrisa apenas esbozada.

Pero me voy, sabiendo que una nueva tristeza me aguarda tras cada esquina, dejaré huérfanos los silencios y se quedarán sin palabras las soledades, mientras el eco de mis pisadas retumba sobre el asfalto mojado

lunes, 12 de enero de 2009

Eternae


¿Dónde quedaron aquellos tiempos en que mi corazón bebía de los versos que se derramaban de tus labios? Aquellos en que, embargados de una locura que nos transportaba a mundos de ensueño, donde sólo moraban nuestras ilusiones, nos apropiábamos de un tiempo que no nos pertenecía. Lloro su ausencia, y aunque en mis cuencas gastadas se quede prendida la última lágrima no derramada, mi corazón maltrecho grita tu nombre, intentando retener en la memoria del holocausto consumado la evocación de aquella felicidad, para que venga presta a restañar las heridas que provoca en mí su infausto recuerdo.

Me quedo prisionero de tantos y tantos momentos compartidos, cuando el amor se desbordaba como torrente incontenible, y al son de aquella canción, acunados por el pálido reflejo del astro lunar, bailábamos desnudos la danza del amor eterno. Eterno, palabra insondable de profundidad inasible, que viene a golpearme con la impiedad de la cruel realidad de dos estrellas cuya fugacidad se apaga lentamente en el firmamento.

Pero me resisto a pensar que todo pueda quedar en nada, como si lo vivido hasta aquí fuera suficiente, y nunca lo fue, no para nosotros, porque la llama que prendió alumbrará por siempre los recovecos más ocultos de nuestras almas, aquellos a los que sólo nosotros tuvimos acceso, aquellos que nos entregamos el uno al otro con devoción absoluta, con la devoción de un amor que por peregrino fue mucho más fuerte, que por incierto nos unió como sólo dos locos serían capaces de comprender.

Dos locos enamorados, como tú, como yo, y hoy, que me asomo al filo del abismo y sólo la bruma se abre bajo mis pies, quisiera creer que como aquella sinfonía, la inmortalidad se apoderará de nosotros, de nuestro amor, de todo lo que nos une, para elevarnos por encima del tiempo y del espacio, reencontrarnos en algún punto del cielo a mil pies de altura, y volar, volar juntos, libres, eternamente?

Ojalá mis palabras Tuvieran el poder de Alzar el vuelo y llegar hasta tu Isla.

miércoles, 7 de enero de 2009

La desidia del alcohol o el deseo de la ebriedad de tus labios


Necesito un buen verso, que me salve de la monotonía de esta tarde de grises en que ríos de ron se desbordan por mi garganta y la música suena sin cesar; ?destinos cruzados?. Un verso brillante que detenga a medio camino la gota que cae sobre mi cabeza de manera insistente, y la deje flotando en el aire, ausente de gravedad, inasible. Un verso que suponga la salvación cuando la ropa empapada, que contiene el peso de los años, tira de mí hacia la nada. Y al fondo, lejana, sigue sonando aquella trompeta que nos avisa del fin del mundo. Necesito un verso que me rescate de lo irremediablemente cotidiano, que me devuelva la fugacidad de un gesto, la complicidad de una mirada ofrecida desinteresadamente, cálida, promesa de mil sueños, levitando lejos de este orbe que nos aplasta contra el suelo. Un verso sí, pero no cualquier verso, el verso aquel olvidado en el tiempo, de aquella línea sacada de contexto. Un verso que no sirva de arma arrojadiza. Necesito un verso pero nacido de tus labios, cuando al atardecer el sol se baña en estas aguas y a lo lejos, la luna deja intuir su presencia.