viernes, 29 de febrero de 2008

Corazón cansado


Javier regresaba a paso lento y cansado de su paseo por el parque. A sus ochenta años, la fuerza que años atrás había llenado de vigor todos los músculos de su cuerpo hacía bastante ya que lo había abandonado. Ahora salir de casa y obligar a sus cansadas piernas a avanzar dando un paso tras otro ya era toda una batalla, de la que sabía que cualquier día comenzaría a ser derrotado. De pelo blanco, enjuto, un poco encorvado sobre si mismo, ofrecía la misma imagen que tantos y tantos ancianos, aunque el nunca había imaginado esta palabra refiriéndose a si mismo. Es curioso, pensaba mientras caminaba, como vemos a los demás envejecer a nuestro alrededor y sin embargo nuestra mente se niega a pensar que a nosotros ese proceso cruel y amargo nos está afectando del mismo modo que a todos, es como si nos consideráramos a salvo y viéramos el mundo detrás de una pantalla.
Al doblar la esquina de su calle, creyó vislumbrar una figura plantada delante de la puerta de su casa, a aquella distancia no podía distinguir aún si se traba de alguien conocido, nada escapaba al proceso y la vista como tantas otras de sus facultades, lo había ido abandonado poco a poco, sin sus gafas se sentía totalmente perdido, pero por culpa de un último atisbo de vanidad se negaba a ponérselas para ir al parque, donde se reunía cada mañana con los ya escasos amigos que el cruel abrazo de la noche eterna no había arrancado aún de su lado.
Al aproximarse, su corazón se llenó de gozo y en su semblante apareció un gesto de infinito amor y ternura, era Rosa quien lo estaba esperando allí, su amada Rosa, su esposa.
- Hola cariño ¿era hoy cuando regresabas de casa de tu hermana?, no lo recuerdo bien, esta maldita memoria ya sabes. ¿Pero qué haces aquí esperando, te olvidaste las llaves?, vamos dentro mi vida la mañana está fresca y ya sabes que eso no te conviene nada.
La casa la habían comprado unos cuarenta años atrás ¿o eran cincuenta?, no lo recordaba bien, aunque sí, había sido justo tras el nacimiento de Cristina su hija menor, así que debía hacer......bueno ¿Cristina tenía cuarenta y siete o eran cuarenta y cuatro?, en realidad daba igual, hacía muchos años que habían comprado aquella casa y a pesar de las sucesivas reformas que se le habían ido haciendo con el transcurso de los años no dejaba de tener ya el aspecto de una casa vieja, pensó con una melancólica sonrisa en su gesto ¿quedaba algo en sus vidas que no fuera ya viejo?.
- Debes estar cansada del viaje mi amor, siéntate en el sofá mientras yo preparo unas tazas de café y ahora me lo cuentas todo.
Se dirigió a la cocina con su paso cansado y se dispuso a cumplir con el ritual de preparar café. Como buen adicto al café era muy quisquilloso con su preparación así que hacía muchos años que había decidido prepararlo él mismo. El café, como todo en la vida, debía estar justo en su punto, aromático, ni demasiado fuerte ni demasiado suave, ni muy caliente ni templado, ni muy dulce ni excesivamente amargo.
Regresó al salón con las dos tazas en las manos, las depositó sobre la mesa camilla y se sentó en su butacón preferido. Casi por instinto, en un acto reflejo estuvo a punto de encender la televisión, pero decidió no hacerlo para poder charlar tranquilamente con su esposa.
- Te he echado tanto de menos estos días. Cuando me dijiste de visitar a tu hermana ya sabía lo solo que me iba a sentir sin ti, pero no quise convencerte para que no te marcharas. Sí, están los niños claro, pero ellos andan siempre demasiado ocupados con sus vidas y aunque Cristina ha venido todos los días a verme eso no hace que haya dejado de pensar en ti ni un solo segundo. Que buena es Cristina, me alegro tanto de que haya encontrado a un hombre tan honrado y trabajador como.....¿se llama Jose Luis verdad?, creo que de los tres es la más cariñosa de todos, siempre lo fue. Elena también es muy buena chica claro que si, pero francamente, hasta le agradezco que no venga tanto, porque esos dos diablillos que tiene por hijos son insoportables, quizás sea por la edad no te digo que no, pero prefiero verlos solo de vez en cuando. Ya ya, sé que son nuestros nietos y que no debería decir estas cosas pero es que con la vejez uno se vuelve un poco egoísta, y solo necesita paz y tranquilidad. De todas formas el que me preocupa de verdad es Enrique ya lo sabes, ese chico desde lo de su divorcio me tiene en un sinvivir. Nunca fue muy alegre eso hay que reconocerlo, pero ahora está tan apático, tan metido en su mundo, hay tanta tristeza reflejada en sus ojos. No sé si nos equivocamos en su educación, en lugar de protegerlo y mimarlo tanto por lo de su enfermedad infantil deberíamos haberlo preparado para esta vida que tantos y tantos sinsabores nos tiene reservados. Lo cierto es que estar sin ti se me ha hecho eterno, te amo tanto, te necesito tanto. Que triste es despertarse y no verte a mi lado, no oler tu perfume y no poder darte un beso cuando salgo a dar mi paseo por el parque. No encontrarte al regresar y tener que comer solo, no tener tu compañía ni el calor de tus palabras, tus miradas, todo ese cariño que me das, que me has regalado durante toda la vida. Que vacía está la casa sin tu presencia, que profundos se hacen los silencios. Siempre pensé que la soledad era un regalo de privilegiados cuando es escogida por uno mismo, pero cuando esa sensación te viene impuesta, puede convertirse en todo un tormento para el corazón, y este corazón está ya demasiado cansado como para tener que soportar tu ausencia. Creo que con el paso de los años me he vuelto un sensiblero pero no sabes cuanto te necesito, no podría vivir sin ti, no sabes cuanto te quiero. Gracias a Dios ya estás aquí y la próxima vez que decidas visitar a tu hermana decidiré acompañarte, aunque no soporte al tozudo de su marido, cualquier cosa antes que volver a separarnos. Bueno ahora cuéntame tu como ha ido todo porque ya me conoces, empiezo a hablar y no paro, siempre ha sido ese mi defecto, he sido demasiado charlatán. Cuéntame antes de que me duerma, no sé que me pasa, pero ya sabes que últimamente me quedo dormido sin darme apenas cuenta.

Cristina abrió con su propia llave la puerta de la casa, al entrar le pareció extraño no escuchar el sonido de la televisión, su padre era muy adicto y aunque estuviera durmiendo o leyendo el periódico, siempre solía tener encendido el televisor. Entró en el salón, su padre estaba sentado en el butacón, como de costumbre se había quedado plácidamente dormido, se acercó y vio que sostenía algo entre sus manos. Como solía hacer se inclinó y le susurró al oído ?hola papá, tu princesita está aquí?. Inmediatamente notó lo fría que estaba la cara de su padre, asustada buscó el latido de su corazón.....y no pudo encontrarlo. Dos lágrimas escaparon de sus ojos y comenzaron a resbalar por sus mejillas, sobre la mesa había dos tazas de café, una de ella aún estaba llena, y entre las manos de su padre, aferrado contra su pecho, estaba el marco con la fotografía de mamá, muerta doce años antes.
Llorando abrazó la cabeza de su padre contra su pecho y susurró
- descansa papá, siempre has estado con ella, nos dejaste el mismo día que ella murió, seguíamos teniéndote aquí pero en realidad estabas muy lejos, a su lado, y ahora por fin volvéis a estar juntos en cuerpo y alma, dile que la quiero mucho.

domingo, 24 de febrero de 2008

Génesis de luz 3.Travesía


Mar de arena infinito, atardeceres rojizos sobre el oasis, marismas de dunas/dudas que se abaten sobre mí cuando Tutankhamon decidió desplegar sus ejércitos y robarte. Veinte días, veinte noches llenas de soledades. Y comienza la cuenta atrás, ¡maldito reloj que impertérrito se niega a obedecer mis órdenes de correr más deprisa! La angustia y la desazón que anidan en mi interior, dispuestas a devorarme las entrañas. El miedo a una verdad prohibida que se abre paso con fuerza, que ha hecho prisionero ese músculo que se contrae y se expande y que en cada movimiento lleva escrito tu nombre. La duda a una quimera incierta, el temor de que en tu mente no..., en tus sueños no..., en tu corazón no...
El terror a confundir tus sentimientos cuando mi velero ha zarpado sin posibilidad de retorno, hacia mar abierto, dispuesto a entregarse a las fuerzas del dios del océano para que decida su destino, que lo conduzca a tu puerto de aguas dulces, o que desguace sus tablas, rompa sus velas y viva/muera para siempre en el fondo del mar.
Me cuelgo de las manecillas del reloj, en un vano intento de hacerlas cabalgar más deprisa por los senderos del tiempo. Si pudiera correr a tu encuentro, cruzar mi espada con la del faraón y llegar hasta ti, rescatarte.
Dudas, soledades, angustia, desazón, miedo, temor, esperanza. Todo junto en mi interior cuando por fin llega el día. Y te busco, y estás. Y te miro, y estás. Y te amo, y es.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Enredados los cuerpos - Renata Durán


Enredados los cuerpos
en el agua del amor
gimiendo sudorosos.
Latigazos de sangre
alucinados.
Me abres de par en par,
nos penetramos.
El deseo con sus brazos de sed
navega ahogando las fronteras,
rompiéndolas.
Más allá de nosotros el sol
amor, el sol
que es carne viva.

domingo, 17 de febrero de 2008

Efluvios


En el mismo instante en que las agujas del reloj marcaban las ocho de la tarde Daniel pulsaba el botón de apagado de su ordenador. Por fin una semana más llegaba a su término. Aquel trabajo no era el sueño de su vida, confinado entre cuatro paredes delante de una pantalla de ordenador había momentos en los que llegaba a sentir verdadera claustrofobia. Siempre se había considerado un espíritu libre con alma de bohemio y jamás habría imaginado que al cabo de los años iba a terminar desempeñando un trabajo de oficina. ¡Quien se lo hubiera dicho quince años atrás!, en aquella época de manifestaciones pacifistas, amor libre, música y marihuana, cuando Eva y él pensaban que el mundo les pertenecía.
No pudo evitar una sonrisa de desdén al recordar todo aquello. Había visto a Eva la semana anterior. Ahora era una abnegada esposa y madre de tres pequeños dictadores, al final se había casado con el repelente de Ernesto, eso sí él se había convertido en socio de uno de los principales bufetes de la ciudad y eso les permitía llevar un muy elevado ritmo de vida. Los embarazos habían estropeado su en otro tiempo envidiable figura y ahora intentaba recuperarla a base de un sinfín de dietas y medicamentos que solo servían para que su estómago se rebelara contra aquel martirio. Había cambiado su infinito pelo largo por una pequeña melena que apenas le llegaba a los hombros y lo peor de todo, el arco iris ya no estaba enamorado de su mirada. ¿En qué momento comenzamos a cambiar?, ¿por qué nadie nos avisa para que podamos detenernos y seguir siendo eternamente los mismos?.
Se habían encontrado por casualidad en un centro comercial y habían recordado los viejos tiempos mientras tomaban un café. Pero al final esos recuerdos habían terminado levantando ampollas, demasiado tiempo pasado, demasiados cambios sufridos, demasiada tristeza y melancolía añorando un tiempo imposible de recuperar, al separarse ni siquiera se habían intercambiado los teléfonos, como si la presencia del otro les obligara a enfrentarse de nuevo con sus recuerdos o lo que era peor, a aceptar la triste realidad que día tras día intentaban negarse a si mismos. Lo cierto es que le había costado bastante reconocer en aquella chica a Eva; su musa, su amante, su amiga, su compañera, ella había sido su rosa de la paz en los momentos más felices de su vida, pero aquella rosa hacía mucho tiempo que se había marchitado, era una vieja rosa con heridas, una rosa demasiado perdida en el tiempo. Y lo gracioso es que evidentemente a ella le habría ocurrido algo parecido al verlo a él con su traje y su corbata, cualquier tiempo pasado fue mejor y no por ser un tópico era menos cierto.
Pero ya estaba bien de permitir que su mente divagara entre aquellos pensamientos oscuros que solo servían para odiarse un poco más; era una hermosa tarde de primavera, y tenía todo el fin de semana por delante antes de tener que volver de nuevo a aquella prisión llamada oficina, en la que cada día se sentía más y más infeliz.
Además hoy vería a Pilar. Llevaban tres semanas sin verse pero hoy por fin ella podía escaparse, cenarían juntos y recuperarían el tiempo perdido. Habían quedado en que Pilar estaría a media tarde en el ático de Daniel y así cuando él llegara no habría tiempo que perder para entregarse a una velada romántica.
Pilar era el presente, había llegado a su vida en un momento especialmente gris trayéndole un soplo de aire fresco. Había encontrado en su mirada zahorí atisbos de un paraíso largamente olvidado. Su historia era una historia normal y corriente, nada extraordinaria pero ella había conseguido devolverle un poco de cordura y de fe en el mundo tras largos años de travesía por el desierto.
Salió a la calle y el aire le acarició el rostro, su ciudad en aquella época del año destilaba un dulce olor a azahar y se vestía con un colorido increíble, hay atardeceres que merecen ser eternos. Era un enamorado de su ciudad, allí había vivido siempre y allí esperaba morir algún día. Aquella ciudad había sido su única amante fiel en quien podía confiar sabiendo que jamás le fallaría.
Subió a su coche y se dispuso a cubrir el trayecto que lo separaba de su piso. Reconocía que aquel ático estaba un poco por encima de sus posibilidades, pero desde la primera vez que lo visitó con el promotor se había enamorado de aquellas grandes vidrieras que daban paso a una enorme terraza frente al mar, de modo que no había dudado en hipotecarse para poder permitirse aquel capricho.
Subió en el ascensor ansioso ya por el reencuentro con Pilar. Deseoso de poder disfrutar del aroma de su piel, poder acariciar su cuerpo y bañarse en su mirada. Por el camino se había detenido en un supermercado para comprar una botella de vino, un rioja reserva del 96, el que le gustaba a ella, de ahí que cuando abrió la puerta de casa ya había anochecido.
Le extrañó encontrar el piso en silencio y con las luces apagadas pero enseguida pensó que se trataba de uno de esos juegos que tanto le gustaban a Pilar. Le excitó la idea de que ella estuviera allí esperándole, agazapada en cualquier rincón y vestida solo con la ropa interior, para entregarse al amor antes incluso de la cena. Sin embargo no era así, fue hasta el salón y encendió la luz, no había ni rastro de Pilar por ninguna parte aunque en el ambiente flotaba el inequívoco olor de su perfume, sobre la mesa se encontraba una botella de vino, la misma marca que él había comprado, y apoyada contra la botella una hoja de papel doblada por la mitad. Cogió la hoja y la desdobló, solo tenía escritas unas cuantas palabras pero eran bastante concluyentes; ?he decidido volver con mi marido, lo siento. Sé feliz?.
Hizo una bola de papel y la arrojó al suelo, se quitó la corbata deshaciendo el nudo, fue hasta el equipo de música, la guitarra de Gary Moore comenzó a llorar al desgranar las primeras notas de ?Still got the blues?. Descorchó una de las botellas y se sirvió generosamente en una copa, con ella en la mano salió a la terraza y se sentó apoyando los pies sobre la baranda mientras contemplaba la hermosa luna llena que se alzaba sobre el mar regalándole a aquel su pálido y titilante reflejo.
Deseó estar en otro sitio, en otro tiempo pero no era así, ¿quien dijo que no podría haber un día peor?. El lunes volvería a su cárcel entre aquellas cuatro paredes, delante de aquel ordenador y lo más triste de todo, ya no estaría Pilar en su mente para hacerle creer que todavía podía cambiar el mundo, volvió a tomar un sorbo de su copa mientras seguía acompañándolo aquel triste y viejo blues y con la complicidad de una amante despechada la luna le enseñaba su cara oculta.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Lágrimas suicidas


Pasa la tarde disfrazada de ausencias
Mientras gotas de silencio caen sobre el papel
desde el que renglones heridos me hablan sin piedad
Y en la oscuridad, los demonios salen a mi encuentro

He amado demasiado a la luna para temer la noche
Y sin embargo hoy me duelen las sombras
Que escondidas salen al paso de mi desdicha
testigos fantasmales de tanta memoria compartida

Se desliza la vida callada a nuestro lado
Dejando huellas indelebles sobre rostros cansados
Los nuestros, el tuyo, el mío, mientras
A lo lejos, lágrimas suicidas resbalan hasta el suelo

domingo, 10 de febrero de 2008

Hasta donde el corazón nos lleve


Le pondré tu nombre a la estrella más brillante del firmamento, aquella que nos iluminará cuando nuestros cuerpos sean uno solo, aquella que saldrá a pasear para nosotros, aquella que inventaré solo para ti. Cuando mis labios febriles recorran cada centímetro de tu piel, cuando la razón se pliegue a la fuerza del deseo, de ese deseo que nos consume tan solo de pensarnos, de sentirnos en la cercanía de dos corazones que viven dentro de un solo latido hasta hacer prisionera la nebulosa de sentimientos que no entiende de distancias, para la que setecientos kilómetros se recorren de un solo paso, el que da mi corazón cada vez que se encuentra con el tuyo, cada día, cuando te presiento y soy capaz de verte a mi lado, y puedo tocarte, abrazarte, besarte, sentirte. Y en ese momento soy consciente de que la pasión que nos une no podrá ser abatida por ningún vendaval, por mucho que los gigantes se conviertan en molinos de viento y agiten con fuerza sus aspas intentando arrastrarnos, por mucho que Ramsés llenara de arena las alforjas de mi esperanza.
Nos veo, bañados por aquella playa añorada de aguas serenas que habitan en el fondo de mi memoria, en la torre más alta de aquel recinto que Boabdil no supo defender como un hombre, o paseando por las salas de un museo modernista que cambia de color, ¿qué mas da el lugar mientras pueda sentir el calor de tu cuerpo junto al mío, escuchar el susurro de tu voz en mis oídos o reflejarme en el infinito de tu mirada hasta hacer de tus secretos mis verdades?.
Te deseo, deseo perderme en cada una de las curvas de tu cuerpo, recorrerte, cada poro, cada rincón prohibido, beberte, saciarme de ti hasta que juntos, caigamos derrengados cuando de madrugada, vencidos y agotados, abrazados, colmados de amor, nos dejemos mecer entre los brazos de Morfeo Hacer de esa escena repetida nuestra razón de vivir, de ser, como si fuéramos los personajes eternos de aquel invento de Morel, tú mi Faustine y el mundo aquella isla desierta en la que entregarnos a nuestra pasión. Y te amo, te amo mucho más aún.

martes, 5 de febrero de 2008

Cenicienta


Comenzaron a sonar las campanadas de medianoche en el reloj de palacio. Aquella chica salió corriendo despavorida, como si le fuera la vida en ello. Sobre la escalinata real quedó abandonado un zapato de cristal. El príncipe lo recogió y se retiró a sus aposentos. Con él en la mano abrió la puerta de un armario y lo depositó en el suelo, junto con otros doscientos cincuenta y siete zapatos de cristal, ¡qué coñazo! ¿Por qué todas las chicas del reino habrán tenido que leer La Cenicienta?